Es increíble lo poco productivo que puede llegar a ser un equipo. Cuando uno pamplinea, los demás no pueden avanzar. Así estoy, esperando sin hacer nada desde hace una semana, porque el equipo no rinde.
Cambiando de tema… Túnez.
Ayer tuvimos fiesta de despedida en La Goulette. La Goulette es una zona de la ciudad de Túnez, bastante chunga. No conozco la historia exactamente, pero creo recordar que era un puerto relacionado con Cartago (es la parada anterior del TGM), un enclave importante antiguamente. Ahora mismo, es una zona popular con mucha vida en verano y por la noche (como cualquier otro sitio aquí). A mí personalmente me recordó a las 3.000 viviendas totalmente, sería muy largo de describir. Resumiendo, daba miedo. Allí es donde yo iba a vivir, aunque al final me colocaron en el otro cuchitril, que por lo menos tiene azotea y sala de estar (aunque interior). El caso es que nos invitaron a cenar para despedir a Laura, la chica valenciana. Resulta que como no tienen ni salita, tuvimos que comer en la calle, en un sitio que bien podría servir de escenario para una película de estas de criminales y drogatas. La gracia es que por allí había niños jugando, gente cantando y tocando los timbales… Y en la calle de al lado, una multitud cenando en terracitas, al lado de un fuerte de piedra histórico. Todo está lleno de contrastes. No hubo ningún problema, al fin y al cabo la gente de La Goulette (nuestra gente, los IAESTEs) se han acostumbrado y están más o menos satisfechos; lo mismo que nos pasa a la gente de La Kashba. Al principio te mueres de pena al ver dónde te has metido (“¿Para qué habré venido yo a este país, madre mía?”), como el chico nuevo polaco, que no se le quita la cara de ‘susto-mamá sácame de aquí por favor-espanto -miedo-tierra trágame’ en ningún momento (lleva sólo 3 días, se le pasará). Pero luego asumes que esto es África, que comparado con Egipto es casi un lujo, y que se supone un país avanzado dentro de lo que hay por los alrededores. Así que aprendemos a valorar como tesoros incalculables cosas como una mesa limpia, un rollo de papel higiénico, o una fregona (dios mío, cómo las echo de menos…).
La cena estuvo muy bien, aunque para visitar a los de La Goulette hay que pasar por el trance del TGM. El TGM es un tranvía que conecta Tunis con La Goulette, Cartago, Sidi Bou-Said y La Marsa, entre otros. Se trata del tren que de desecharon hace 30 años en un lejano país europeo, por lo menos, y que por supuesto nunca han limpiado para respetar su solera y su legado histórico. El aire acondicionado, que funciona sólo a veces, consiste en un ventilador casero atornillado al techo. Para remediarlo, se circula con las puertas abiertas, gracias a la solidaridad de los hombres que arriesgan su vida impidiendo que las puertas se cierren cuando reanuda la marcha. En cada vagón pueden caber más personas de las que parece, por supuesto todos tíos, y todos mirándote. Si tienes suerte, nadie te toca la pierna. Por supuesto, siempre (siempre es siempre) tendrás a dos delante hablando en árabe mirándote, para que luego uno de tus amigos árabes te diga que no te quiere explicar lo que estaban diciendo porque era demasiado borde. Por eso, sólo por eso, casi siempre cogemos taxis, y una de las mejores cosas de este país es lo barato que son los taxis. Tirado es quedarse corto.
Así que en general, lo pasamos bien. Como siempre, vayas donde vayas y lleves el tiempo que lleves ya aquí, Túnez no dejará nunca de sorprenderte.
Bueno, eso ayer Lunes… Pero del viaje al Norte no os he comentado nada aún.
El buceo ha sido lo mejor que he hecho desde que llegué aquí. Ha sido increíble. Ahora entiendo la fiebre que tiene la gente con el buceo. Bueno, comentar que la tarde de buceo me ha costado 12€ con todo incluido, mientras que en España me parece que de 200€ no baja, ¿no? Al principio no nos fiábamos, pero finalmente ha sido la mejor experiencia que he tenido desde que llegué.
Tabarka es un pueblecito entre montañas, en la costa. Podéis imaginar qué bonito. Y si además le añadimos una península diminuta pero muy muy alta y escarpada, con un castillo encima… Perfecto, ¿verdad? Pues nosotros fuimos en barco a la punta de la península donde no se identifica ningún rastro de tierra ni de pueblo ni de nada, sólo un peñasco enorme con un castillo encima, y muchísima agua alrededor. No dudé un momento, en cuanto echaron el ancla me tiré a nadar. Era precioso, se veía hasta el fondo, bastante lejos de mí, a unos 6 o 7 metros. Todos se quedaron de piedra, sobre todo las chicas. Se ve que aquí no es normal que las chicas actúen así, pero al final casi todos se animaron. Había dos monitores, y bajaríamos de uno en uno con cada monitor, 15 minutos cada uno. Eso me daba a los sumo unas 3 horas allí; tenía que aprovechar. Bajé la tercera, con bombona, chaleco, aletas, gafas; todo el equipo menos el neopreno. Fue impresionante. No era un paisaje especialmente bonito como en las películas del Caribe, pero la sensación de nadar entre peces no tiene precio. Parecía que el tiempo iba más despacio, al estar a mayor profundidad de la normal parece que el agua es viscosa y cuesta moverte, evidentemente. Se me pasó rapidísimo… Espero no olvidarlo nunca y por supuesto pienso repetir en más sitios. Tenéis que probarlo, no se puede explicar. Igual que rápido que había bajado, tuve que subir otra vez. Mientras los demás buceaban de dos en dos, cogí unas aletas y unas gafas y estuve otras dos horas buceando por otros sitios. Se me unió también David (escocés), y cogimos erizos de mar muertos (estas conchas tan bonitas, esféricas y huecas), intentamos atrapar peces de colores, buscamos conchas, tocamos corales y unas plantas que se encogían y cerraban al tocarlas, nos encaramamos en rocas que sobresalían del mar… Me habría quedado allí durante horas y días. Las jordanas, muertas de frío y sentadas en el barco como la que disfruta de esto todos los días, me preguntaban de dónde sacaba las fuerzas, sorprendidas de mi energía sin haber ni almorzado. La verdad, cualquiera que me conozca se hubiera sorprendido también, pero el mar, a la vez de aterrarme, me encanta. Me tiraría horas y horas y horas nadando, o en una barquita, o en una orilla.
Después del buceo, el resto del fin de semana no tuvo demasiada gracia… el domingo estuvimos todo el día metidos en el minibús, recorriendo carreteras de tierra para ver piedras interesantísimas. Sin ironizar, los dos yacimientos son increíbles, están muy bien conservados, pero sin un guía en condiciones no se puede apreciar su valor real. Además, parece que íbamos de sesión de fotos. Tanto Bulla Regia como Dougga se merecen una visita detenida y analítica, pero en los viajes organizados ya se sabe…
Muchos besos a todos, os tengo que dejar. Esta noche vamos a jugar al fútbol La Kashba vs. La Goulette… ¡Estoy deseando! Por fin algo de movimiento. Hacedme saber de vosotros J ¡Hasta pronto!
No hay comentarios:
Publicar un comentario