14 julio 2009

El increíble viaje al Sur de Túnez.


[El parque de atracciones al que fuimos el miércoles resultó ser una pequeña feria como las de pueblo]


Por muy fuerte que parezca, hemos recorrido casi todo el país en cuatro días, por ser del tamaño de Andalucía, aproximadamente. Por supuesto, hemos estado casi todo el tiempo metidos en el maldito autobús, que daba unos saltos y vaivenes aterradores, pero ha valido la pena. Hemos estado en el Sahara montando en camello, en un oasis de palmeras, en un nacimiento de agua en medio del desierto con una cascada preciosa donde hemos nadado, en un lago seco de sal, en una isla virgen, en un barco pirata… Y mil cosas más. Paciencia, va a ser largo de contar, muy largo.

Decidimos ir al viaje el día antes por la noche, un poco precipitado. Fue porque yo pensaba que Miriam llegaba el viernes, por lo que habíamos dicho que no íbamos al viaje porque nos perdíamos los dos primeros días, que eran los mejores. El miércoles 8 por la tarde me enteré de que Miriam llegaba el jueves a las 8 de la mañana, así que aprovechamos, porque era un viaje buenísimo e increíblemente barato (100€ todo incluido).

El Jueves 9 por la mañana la recogí muy temprano del aeropuerto y fuimos en taxi a la estación de louages. Los louages son taxis colectivos; furgonetas de 9 plazas. Por raro que parezca, son mejores que los autobuses aquí. Al menos el que nosotros cogimos estaba muy limpio y nuevecito. Los autobuses son otro mundo escabroso. Cogiendo un louage, te cobran una cantidad bastante pequeña por el transporte, y compartes el viaje con otras 7 personas.

Lo único malo de los louages es que al lado tuyo se sienta un hombre. Y no es que pase nada ni te haga nada, es que te mira fijamente como cuando juegas a “A ver quién aguanta más tiempo sin reírse” pero en la versión “Me estoy empezando a cabrear, deja de mirarme ya”. La cosa es que los árabes son muy religiosos, y cuando llevas unos días empiezas a notar que por mucho que te miren no te van a hacer nada. Es una sensación extraña, son respetuosos con su religión aunque parezca que se te van a abalanzar. Los jóvenes sin embargo no son así; no son tan creyentes y se ponen a hablarte o incluso a andar al lado tuyo siguiéndote. Pero la sensación de extraña seguridad es inquietante, porque por un lado es ficticia (no te puedes confiar de que no te vaya a pasar nada), y por otro lado es real, porque las mujeres árabes me lo confirman. Quien es buen musulmán no es peligroso, pero ¿cómo lo distingo yo?
El día que fuimos al parque de atracciones, nos montamos en el taxi una siria, una coreana, un turco, y yo. El taxista al rato empezó a soltarle borderíos a la coreana, y la siria se puso a hacer pucheritos por el miedo; ella entendía lo que estaba diciendo, porque ambos hablaban árabe. A saber qué estaba diciendo. El turco sin embargo como no se enteraba de nada se tiró todo el tiempo mirando por la ventana pasando del tema, y la coreana cabreada mirando para abajo. En esa situación, ¿Qué se puede hacer? Veíamos el parque de atracciones pero el tío no paraba, y conducía sin mirar la carretera. Justo cuando iba a ponerme a gritar para que parase el coche, paró y nos bajamos. Fue un gran trauma, porque todos los demás taxistas han sido siempre fantásticos con nosotros. Pero esa es la cosa, siempre te puede tocar un colgao igual que en cualquier otro país.

El tema es que los demás IAESTEs nos esperaban en Kairouán, una ciudad en el centro del país. Ellos habían salido de la capital en autobús más temprano, así que darían una vuelta por el zoco, verían alfombras (esta ciudad es famosa por sus alfombras y por sus dulces) y esperarían hasta que llegásemos nosotras. Así ocurrió, y al llegar fuimos a visitar la Gran Mezquita.

En este viaje éramos unos 35 en total, cada uno de un país (aunque hay algunos repes, por ejemplo somos 4 españoles + Miriam). Miriam se sorprendió de la diversidad, y de la dificultad de los nombres extranjeros, jajajaja.

La mezquita es preciosa, aunque no pudimos entrar en el recinto de oración porque estaba reservado para musulmanes. Sin embargo, casi todos aquí son musulmanes y bastante creyentes y practicantes, pero tampoco pudieron entrar. En el centro del patio había un sumidero de mármol precioso, para recoger el agua de lluvia, y debajo de nosotros una cisterna gigante que no pudimos visitar. La arcada perimetral del patio se construyó mediante despiece de otros monumentos romanos, egipcios, griegos… Así que cada columna, cada capitel y cada basa eran de su padre y de su madre. Super interesante.


Después de esto nos llevaron a una pastelería por si queríamos dulces de Kairouán, famosos en todo el país. La verdad es que están buenísimos. Son de dátiles, de naranja, de almendras, de miel…

Y al dejar Kairouán, más viaje: unas 5 horas hacia Tozeur, la ciudad desde la que parten las expediciones de 4x4 al desierto. No me podía creer el hotel al que nos llevaban: un cuatro estrellas increíble. Cenamos de buffet, y estuvimos un buen rato en la piscina, todo un lujazo, de verdad. Después de eso, fuimos al museo de la ciudad. Era un sitio precioso, con unos patios y una decoración increíbles, pero se gastaron todo el dineral en la decoración, y cuando tuvieron que hacer los maniquíes ya no les quedaba un duro y montaron un taller de verano para niños del pueblo, para fabricarlos (es broma). El museo en cuestión ilustra la historia de Túnez desde la época de los dinosaurios hasta hoy con muchísimo realismo (menos en el caso de los dinosaurios y la época en que el hombre aún era mono, porque es difícil conseguir que sean realistas). En serio, todo estaba cuidado hasta el más mínimo detalle, pero los personajes protagonistas de las escenas estaban hechos como de cartón piedra, lo más cutre del mundo entero, y por supuesto le quitaba todo el mérito a lo demás. Los neandertales tenían 4 dedos de polvo encima, y los matojos de pelo corporal eran asquerosos. Había una estancia real de la época de la colonización francesa increíble, con las vestimentas de la época… pero el maldito muñeco daba asco. No entiendo porqué pusieron esos maniquíes, destrozaron el museo el día que los pusieron. Por lo demás, estábamos super cansados y lo vimos bastante rápido, además de por querer huir de los maniquíes asesinos. Por supuesto, algunos se quedaron de marcha en la piscina por la noche pero yo caí como un saco de harina en la cama y ahí me quedé, en la misma posición hasta por la mañana, jajajaja.

Al día siguiente, el viernes, nos esperaba una expedición en 4x4 por el desierto. Los coches estos (si es que son coches, porque nunca había visto un coche andar casi en vertical) son increíbles, fuimos por encima de las dunas derrapando, por encima de matojos, botando con las piedras… La primera parada fue en una duna grande, desde donde se veía el desierto donde se rodó una escena de Star Wars. Allí ya nos esperaban niños y mayores a vendernos baratijas, pero he de decir que los tunecinos son más pesados que los egipcios. Te ponen las pulseras en la cara, literalmente. Una de la veces me asusté y le di un manotazo a un hombre que me estaba refregando pulseras por la cara; increíble. Lo más sorprendente del Sahara, sin ninguna duda, es la arena. Es más fina que el polvo, cuando la tocas es como tocar agua. Y si la tiras al aire cuando hay viento, se dibujan formas al moverse, como los salvapantallas estrambóticos de líneas de colores en Windows, que son funciones matemáticas. Te hundes lentamente, y está muy caliente bajo la primera capa, al contrario que en la playa. Desde luego, la arena es lo que más me ha gustado del desierto.

Luego nos llevaron al decorado real del pueblo donde nació Skywalker (de Star Wars), aquel pueblecito en medio del desierto. Está exactamente igual que en la película, pero sin monstruos y sin naves. Bueno, y con vendedores acosadores añadidos. Podías entrar en las casas, que sólo eran un cascarón, y si en alguna ventana tenía que asomarse alguien en una escena de la película, había un telescopio hacia dentro para que pareciese que el muro medía un metro de grosor. Desde allí, podías acercarte a las dunas, y ver el desierto alrededor. Al fondo había unas montañas yermas enormes que son las que separan Túnez de Argelia. Es precioso.


Volvimos a montar en el 4x4, y nos llevaron al territorio donde Skywalker corrió con su nave en la película. O eso fue lo que yo entendí. Era un paisaje totalmente muerto, sólo de pensar que nos quedáramos sin gasolina me moría. Sin embargo, algo increíble, teníamos cobertura todo el tiempo. ¿Cómo puede ser que haya cobertura en el Sahara y no en el Cerro? Es un enigma sin resolver. Allí, entre peñascos, los 4x4 se pusieron a hacer acrobacias, y como yo estaba de copiloto, creía que me moría literalmente. Nos íbamos matar allí, en medio de la nada, donde el primer hospital estaba a millones de millones de kilómetros y las ambulancias aún así no existen, ni los helicópteros, ni nada, porque estás en el fin del mundo. Pero al final resultó que los 4x4 que llevábamos eran como arañas o algo parecido… No se despegaban del suelo, aún sigo preguntándome cómo. Íbamos a toda velocidad hacia una pared inclinada que al final se ponía en vertical, y al llegar al final girábamos para caer de lado, como los skaters en una U más o menos. Me moría, vamos. Luego subimos una cuesta de 200% de pendiente y al bajarla me veo que no hay suelo porque está a 89º de la horizontal. Me moría, me moría. Supongo que la impresión tan grande será por estar de copiloto. Por fin el hombre se aburrió de intentar matarnos y seguimos dando botes hacia otra parte, todo el grupo de coches, como en una persecución de una película. Paramos poco más adelante, para subir a un pedrusco gigante en el que nos podíamos haber matado todos pero estábamos felices allí montados. Además el chico indio se montó en el último pico al que se podía montar, como siempre; una de las chicas por poco de despeña y no sabíamos como bajar de lo empinado que estaba aquello... Pero las vistas eran increíbles.

Después volvimos a salir, y vimos a lo lejos una masa verde oscuro en medio de unos riscos rojos: el oasis de Chebika. Era un oasis en el que casualmente habían vivido los ancestros de nuestro conductor. Donde se asentaba, había un relieve muy escarpado del que surgía el nacimiento de agua, que corría entre los riscos, para esparcirse por la llanura. Incluso entre los riscos estaba todo lleno de palmeras. El palmeral lo había plantado el hombre hace muchos siglos, desordenado y apelotonado, como con desesperación por hacer menos hostil el paisaje. Era extraño ver un pegotón de montañas derramando palmeras alrededor, en medio de la nada. Primero atravesamos el antiguo poblado del oasis, en la cima de un risco desde el que se veía todo el desierto alrededor. Fuimos luego al pequeño nacimiento atravesando una garganta. Erauna grutita en una roca, y nos metimos desesperadamente en el charquito de agua limpia; hacía un calor de muerte. El chico bosnio hasta se metió entero en un charco grande de color extraño en el que había muchas ranas; es un tío enorme que suda a chorros, estaba agobiado con el calor y se tiró de cabeza.
Después de eso, fuimos siguiendo el cursito del agua entre los riscos y las palmeras, era precioso… Pero en todos los lugares especialmente bonitos había un puesto con rosas del desierto y piedras con cristales de sal en el interior, pulseras, y horteradas varias. Es horrible, están por todas partes. Lo más grande es que creen que son los primeros en toparse contigo e intentan quedarse contigo; tienen la cara como el cemento. Cuando se dan cuenta de que no te han podido timar, rebajan el precio a un 10% del inicial, diciéndote el precio real. Vimos también a unos chavales andando, y cuando pasamos por al lado, nos vemos que uno de ellos tiene en la mano un lagarto gordo y grande, con aspecto de dragoncito inofensivo. Al principio daba miedo, pero se lo pusieron a Cris (el chico de Malta) en la camiseta agarradito con las garras, y se quedaba quieto quieto, ¡más bueno el lagartito…! Yo le pasé el dedo por encima y daba asquito, porque se le notaban los huesos debajo de la piel escamosa fina. La cola era de un auténtico dragoncito, con pinchos. Y al pobre le ponían el dedo delante de la boca y se quedaba quietecito; decían que comía escorpiones. Yo, por supuesto, dije que era un gato porque era muy blando cuando le conocías mejor.



Después de este oasis, fuimos a otro mucho más bonito aún: Tamarza. Una cascada enorme, formando una cuenca de agua literalmente metida entre paredes de roca. Por supuesto, también había un asentamiento de puestos cutres antes de llegar a la cascada. Estuvimos nadando, y tras la cascada podías seguir por una parte más profunda con las paredes de piedra de alrededor más altas aún. Estando allí, entró a nadar el típico tío delgado y musculoso, negro y con trencitas en el pelo, y en bóxers. Fue a un lateral, y se puso a escalar. Yo pensaba “La estás cagando” porque la pared en ese punto no sólo estaba vertical, sino que se venía hacía ti inclinada. Pues el tío escaló toda la pared con las manos y los pies desnudos (unos 8 o 9 metros), con por supuesto una audiencia incondicional ya. Bueno pues cuando llegó arriba, estuvo postureando un buen rato, y cuando le pareció conveniente de repente se dejó caer hacia delante. Se quedó inmóvil en el aire en horizontal, mirando hacia abajo, fue impresionante. Miró alrededor mientras caía, con las manos a los lados del cuerpo. Y cuando estaba cerca del agua, tranquilamente llevó las manos adelante para caer de cabeza. Encima, se tiró hacia las rocas, justo debajo de la cascada. Yo no me acuerdo ya de la física de bachillerato por lo que no sé a qué velocidad podía caer (ni cuál llega antes al suelo, un kilo de paja o un kilo de hierro), pero yo digo que ese hombre voló delante nuestra. Los niños de nuestro grupo ya se picaron y se tiraron unos cuantos, pero dando la vuelta al risco (ni Barti, un italiano típico, tuvo lo que hay que tener para escalar la pared, mira que lo intentó) y tirándose patéticamente de culo; evidentemente de cabeza no se iba a tirar nadie, aquello daba un miedo horrible. Fue la caña; puedo decir que he visto a un tío volar en un oasis del Sahara. Estuve un buen rato tomando el sol en una roca en medio de la pequeña cuenca, nadamos, y al buen rato nos fuimos de nuevo.

Volvimos en los 4x4 al hotel, ya eran las 2 de la tarde. La comida de los buffets de aquí es un intento de comida occidental, o una adaptación más o menos conseguida, bastante buena. Tras el almuerzo, volvimos al autobús maldito. Íbamos a Douz a montar en camello por el Sahara, y luego hacia Matmata. Estuvimos otra vez unas 4 horas metidos en el autobús, temiendo por nuestra vida.

Aquí el tráfico está mucho mejor regulado que en Egipto, aunque no tanto como en Europa. Hay semáforos, respetan las líneas viales, etc. Aún así, no se respetan las velocidades límite, y nuestro autobusero es aficionado al slalom, como decían los chavales organizadores de IAESTE Tunis. Este hombre se dedica a hacer adelantamientos que encogen el corazón. Nosotras, de hecho, estuvimos buena parte del viaje en el primer asiento, por ser el más cómodo y el más fresco. Sin embargo, llegó un momento que nos fuimos atrás por miedo a que si teníamos un accidente saliéramos disparadas por el parabrisas. Era escabroso asumir que podías tener un accidente, y hacer lo posible por salir lo menos herida posible. En la parte de atrás quizás hubiera más posibilidades de salvarse. Esto es así porque empezaba un adelantamiento aún viendo que venían coches de frente, y los que venían de frente tenían que salirse de la carretera. Una de las veces adelantó a un coche que YA estaba adelantando a otro, porque lo que NOSOTROS nos tuvimos que salir de la carretera. Esto fue la gota que colmó el vaso, y los organizadores hablaron con él seriamente. El problema es que él pasaba del tema. Lo que aún no he dicho es que estando nosotras dos en el primer asiento, Onur (el chico turco) se fue hacia atrás con cara de asustado, y les dijo a los organizadores que se pusieran con él y le hablaran, porque… ¡¡¡ se estaba quedando dormido!!! Entonces nosotras nos empezamos a fijar, porque le veíamos la cara desde nuestro ángulo, y era cierto. Se le cerraban los ojos unos 3 segundos y luego los abría corriendo, y subía la vista a la carretera. El pánico nos invadió evidentemente, porque estábamos en medio de la nada y sin conductor de repuesto. Además el hombre insistía en no tomarse un café, ni en refrescarse la cara con agua. Algo aterrador, sinceramente. Al final salimos vivas, pero todos lo pasamos un poco mal.

Por la tarde llegamos a Douz, directamente al paseo en camello. Nos vistieron con una túnica de rayas blanca y negra supuestamente bereber (era en todo caso de la época bereber, porque tenía bastante solera) y un pañuelo rojo que nos cubría toda la cara y la cabeza menos los ojos. Se agradecía, porque la arena se te metía por la nariz, las orejas, la boca… Teníamos que ir con gafas de sol para que no nos entrase arena en los ojos, aunque no era una arena molesta como la de aquí, que notas el grano. Los camellos (en realidad dromedarios) estaban igual de percudíos (en honor a Jara) que los egipcios, pero los asientos eran comodísimos. Dimos una vuelta por las dunas, subiendo y bajando, y teníamos un hombre mayor por cada 5 o 6 camellos. De vez en cuando paraban y se ponían a cantar en árabe, como intentando que la experiencia fuera más exótica aún. El desierto es enrome, enorme. No nos alejamos del punto visible para no perdernos, pero se podía apreciar la grandeza e inmensidad, daba la sensación de no acabar. Aquí, la arena era aún más fina.



Tras la experiencia, volvimos al autobús, hasta Matmata. Este pueblo es famoso por las viviendas bereberes trogloditas subterráneas, pero sólo pasamos la noche allí, no vimos las viviendas. Desde luego, tiene delito. Además, estábamos cerquísima de Tataouine (el pueblo bereber donde rodaron otras escenas de Star Wars) y tampoco nos daba tiempo de ir, no se puede hacer todo. El hotel por fuera y en la recepción era lo más hortero, y al llegar al patio central, todo estaba ambientado con mucho acierto en las viviendas trogloditas, ¿por qué lo harían de esa forma? Las habitaciones del hotel eran gigantescas, sin exagerar podía montarse un pisito de esos de 40 metros cuadrados sin ningún problema. Por supuesto, volví a caer muerta en la cama, porque al día siguiente nos esperaba nuestro querido autobús a las 5:30 de la mañana (me tenía que levantar a las 4:30: ¡¡Noooooooo…!!).

Así lo hicimos, y tuvimos otras 4 horas de autobús hasta Djerba incluyendo un ferry, porque Djerba es una isla. Fuimos directamente al puerto, donde nos esperaba un barco pirata. Si lo pensabas detenidamente era horrendo ir en un barco pirata sin velas y con música dance a todo volumen, pero el paisaje era precioso y me encanta navegar, porque lo que el tunecino disfrazado cutremente de pirata me pasó desapercibido. A lo lejos se veía un cúmulo de barcos pirata igual de horrendos en una lengua de arena preciosa. Al llegar, había simples pasarelas de madera para llegar a la arena, y una techumbre de palmas. Nada edificado, estaba todo casi virgen. La orilla es la que estábamos era totalmente transparente y limpia, con arena fina, aquello parecía mentira. La otra orilla de la lengua de tierra (nos dijeron que era una isla pero lo dudo) se veía a unos 150 o 200 metros, atestada de turistas. Aquello era precioso, una bolsita de arena en medio del mar. Lo horrible eran los barcos piratas y los miles de turistas europeos. Fuimos a la playa a bañarnos, dimos un paseo para tener una perspectiva de cómo de grande era, y a las doce fuimos a la techumbre de palma a comer. Era un simple comedor sobre la arena de la playa. Estábamos allí unas 300 personas (alemanes, franceses e italianos) esperando para comer, y los piratas llamaron a todas las mujeres para que trajéramos los gigantescos boles de comida entre dos, mientras tocaban y cantaban. Estaba todo muy bien organizado, y la comida estaba buenísima. Después de comer, hicieron una especie de actuación cómica sobre los turistas franceses, italianos y alemanes que van a Túnez. La verdad es que fue muy gracioso, la hicieron los mismos tíos que servían la comida y conducían los barcos. Pasamos un buen rato, la verdad. Volviendo fue igual de agradable, el paisaje, la brisa marina… abstrayéndome del barco pirata papanatas y hortera.


Esa tarde volvió a ser al completo de viaje hacia otra ciudad que no tenía ningún atractivo en especial. Al ir al hotel, nos duchamos y propusieron ir a una especie de recinto turístico en el que había tiendas, un museo, y cocodrilos. No fue casi nadie por lo poco tentador de la oferta, y estuvimos dando un paseo por la ciudad, por la medina, y fuimos al fuerte. Es un castillo antiguo a la orilla del mar, una estampa preciosa. Lo malo fue que nos perdimos la puesta de sol por muy poco. Tras esto, entramos en un restaurante típico a comer, aunque aquí en todas partes hay pizza, panninis, bocatas y ese tipo de comida, para los turistas. Así que comimos la mar de bien, en un sitio ambientado con sedas colgando, y pufs y mesas bajas. Tras esto, volvimos al hotel. Este hotel nos sorprendió para mal, acostumbrados a los pedazos de hoteles a los que nos habían llevado en este viaje, este era de dos estrellas, muy normal. Alguna gente (unos 5 o 6) fue a la discoteca, aunque la mayoría estábamos reventados. Esa noche dormí casi 10 horas, no me lo podía creer.

El desayuno del día siguiente consistió en pan duro; fue un trauma después de estar en el buffet del primer hotel, donde había todo lo imaginable. Pero estamos ya curtidos, así que nos aguantamos, jajajaja. El domingo consistió en viajar, otra vez. Desde las 9 de la mañana, hasta las 9 de la noche. Paramos sólo para comer, para comprar zumo de palmera en un puesto que parecía una casetilla cubana de ron, hecha de palmas y apoyada en una palmera; y para ver el gran coliseo romano de El-Jem.

A las 2, el conductor fue obligado a parar para tomar un café, por fin, y bajamos a comer al final. Fue una experiencia la mar de desagradable, porque nos habían ofrecido comer una barbacoa de cordero (cosa bastante apetecible), pero en cambio resultó que tenían media oveja colgada de un gancho al aire libre al lado de donde comíamos y con el pellejo todavía medio puesto, de la que cortaron cachos, los cortaron y los pusieron a la brasa. La mitad de la gente almorzó galletas de la fatiga que daba todo aquello, aunque nosotras lo tomamos como una oportunidad para vivir una aventura africana. Comimos y estaba realmente buenísimo, aunque tengo que reconocer que después me entró un poco de fatiga al ser consciente de dónde había comido, viendo todas aquellas moscas… Total, nos fuimos de allí pitando tras comer. Nos acordamos mucho de alguna amiga que otra, que hubiera puesto el grito en el cielo si su autobús hubiera parado en un sitio como ése J

Tras alguna hora más en el bus, paramos en una carretera en la que había, cada 10 metros, un puestecito apoyado en una palmera, con un sombrajo de palmas, y unos bidones termo. ¡Resulta que vendían zumo de palmera! Que por cierto es como chupar una rama. Pero a la gente le gustó.

No parábamos de ver unos puestecillos (sin ni si quiera sombrajo, simplemente una tabla donde apoyar cosas) con muchos bidones llenos de algún líquido misterioso. Estaban por todas partes, esos bidones pequeños de mano, los vendían a pie de carretera. En uno de ellos, por fin pudimos leer en letras latinas “Gasoil”. Sí, son las gasolineras tunecinas. Es un puntazo.

Por fin llegamos a El-Jem, la ciudad del gran Coliseo romano, el tercero más importante del imperio. Tenía capacidad para 30.000 personas, muchas más de lo que la propia ciudad podía disponer. Esto ocurría a menudo con los coliseos. La verdad es que era impresionante, estaba increíblemente bien conservado. Lo más grande es que estaba cerrado, sólo pudimos verlo por fuera. Como aquí el internet no está igual de desarrollado, no acostumbran a mirar horarios ni nada de eso (igual que con el parque de cocodrilos, que también se lo encontraron cerrado), así que vamos a la aventura por la vida. Menos mal que hay móviles.
Alrededor del coliseo había tiendas de antigüedades bastante interesantes, y uno de los puestos tenía monedas antiguas. Algunas parecían reales, y sentí curiosidad por una especial, que parecía realmente antigua. El hombre evidentemente me va a asegurar que es verdadera, pero ¿qué pasa si lleva razón? ¿Van vendiendo antigüedades a los turistas? Vi en la tele que un alicantino compró una piedra en Turquía que resultó tener 1500 años y estuvo un mes y medio en una cárcel turca, tipo “Expreso de medianoche”, así que pasé de comprarla.


Por fin, tras otras 3 horas de viaje, llegamos. Nos encontramos con un regalo de bienvenida: un chico de Malasia, que vivía en Escocia. Por lo tanto, no se le entiende nada (los escoceses son incomprensibles) , y tiene cara de chinito mandarín con un pelucón afro.

¡¡Fin del viaje al Sur de Túnez!! Ha sido una experiencia increíble que os recomiendo encarecidamente, aunque sea una auténtica paliza tanto autobús.


¡He estado en el Sahara!

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